Originalmente publicado en: https://labsbibliotecarios.es/neutralidad-o-activismo-el-compromiso-de-las-bibliotecas-publicas-con-la-ciudadania/
En las últimas décadas, las bibliotecas públicas han experimentado una profunda transformación en su relación con la ciudadanía, significándose como agentes activos en la construcción de comunidades democráticas, inclusivas y participativas. Con estas líneas queremos reflexionar sobre cuál es la actitud bibliotecaria que hace posible este cambio, desmontar el mito de la neutralidad y mostrar la necesidad de una llamada a la acción a los profesionales de las bibliotecas.
Para comprender el actual estado de la cuestión, resultará útil esbozar una breve perspectiva cronológica en la que podemos distinguir tres fases sucesivas en la actitud de la biblioteca pública hacia su comunidad a lo largo de los últimos cien años.
La primera podríamos llamarla fase paternalista, cuando los profesionales de las bibliotecas se arrogaban la responsabilidad de formar el gusto y la moral de los lectores. Es el enfoque que podemos encontrar, por ejemplo, en la célebre conferencia de Ortega y Gasset La misión del bibliotecario, pronunciada en el Congreso de la IFLA de Madrid en 1935. En ella, el filósofo presenta conceptos que hoy nos suenan muy añejos; por ejemplo, el del bibliotecario como “domador de libros”. El libro puede ser un animal peligroso para la higiene mental del lector, en particular porque hay demasiados; los libros atacan a los lectores en manada, como los lobos, y frente a ellos la figura apotropaica del bibliotecario interviene en defensa de su rebaño. Ortega llega a decir que los bibliotecarios deberían regular la producción de libros, a fin de evitar que se publiquen los innecesarios.
Para Ortega, el profesional de las bibliotecas actúa como un guía en la “selva de libros” o como un médico prescriptor de lecturas: “Imagino al futuro bibliotecario como un filtro que se interpone entre el torrente de los libros y el hombre”. En este planteamiento, la biblioteca se implica y se compromete con la ciudadanía, pero de una manera totalmente unidireccional. Es una figura de autoridad que busca educar al ciudadano dentro de unos valores preestablecidos; le dice lo que tiene que leer, en una relación de poder asimétrica semejante a las de profesor-alumno o patrón-obrero. Podría hacer suyo el lema del absolutismo: todo para el pueblo, pero sin el pueblo.
La segunda fase en esta evolución de la actitud bibliotecaria hacia su comunidad está ligada al paradigma bibliotecológico tecnológico, que surgió en los años sesenta y se desarrolló en la década siguiente. En él se da más importancia a los procesos que a las personas. La biblioteca pasa a concebirse como un sistema neutral de mediación entre usuarios y documentos.
Las características de este enfoque son:
- Las tareas técnicas (catalogación, clasificación, indización) son el corazón de la biblioteca; se impulsa el uso de normalizaciones, reglas y formatos, como el formato MARC o las normas ISO. En consecuencia, hay una alta tecnificación de la profesión. El bibliotecario se forma en disciplinas arcanas para los no iniciados: se convierte en un técnico, lo que ensancha la brecha entre bibliotecario y ciudadano. Cierto que el bibliotecario trabaja para garantizar el derecho ciudadano a acceder a la información, pero lo hace con el distanciamiento propio de un controlador aéreo.
- La influencia de la teoría de sistemas, entonces en boga, se manifiesta en el desarrollo de la automatización e informatización de los procesos en la biblioteca. Esta se concibe como un sistema cerrado, que convierte inputs (datos, documentos) en outputs (información procesada), a imagen y semejanza de un sistema informático que sirve a una comunidad de usuarios. Como herencia de este paradigma, en la actual gestión bibliotecaria no hablamos de personas, sino de usuarios, como en los sistemas informáticos.
- Una característica fundamental de este enfoque tecnológico, con foco en los procesos, es la neutralidad de la información. Se parte de que la información es objetiva, y que el acceso a ella es una cuestión técnica, no social o cultural. La narrativa de la neutralidad impregna todos los aspectos de la biblioteca: no solo las colecciones, sino los servicios y toda la política institucional asociada.
De aquí nace el concepto de neutralidad bibliotecaria que se recoge en numerosos códigos deontológicos hoy vigentes.
Dejando muy atrás el modelo paternalista de Ortega y Gasset, y en reacción contra el modelo neutral y despersonalizado del paradigma tecnológico en la biblioteconomía, hoy emerge una tercera fase en esta evolución: la biblioteca activamente comprometida con su comunidad. En este modelo, el foco pasa de los procesos a las personas. El rol del bibliotecario transita desde la gestión de sistemas a la mediación, mientras que el rol de los usuarios deja de ser pasivo, como meros receptores de servicios, para hacerse activo, como colaboradores y creadores: los servicios bibliotecarios ya no se hacen para la gente, sino con la gente. El objetivo de la biblioteca ya no es tanto la eficiencia del sistema como su relevancia social. Y la información ya no se concibe como neutral y objetiva, sino situada y contextualizada.
Hemos pasado de un servicio igualitario (igual para todos) a un servicio equitativo, en el que las bibliotecas dedican un esfuerzo especial para llegar a los desatendidos y a los históricamente marginados. Es lo que conocemos en términos de política social como acción afirmativa.
Ya la propia legislación empieza a contemplar este cambio. Las nuevas leyes nacionales en los países escandinavos ya no definen las bibliotecas como meros centros de información con pretensiones de neutralidad, sino como instituciones con un fuerte enfoque comunitario. En Finlandia, la Ley de bibliotecas públicas (1492/2016), en su sección 2.1, establece entre sus objetivos “promover la ciudadanía activa, la democracia y la libertad de expresión”. Y en Noruega, tras su revisión de 2013, la Ley de bibliotecas públicas afirma, en su capítulo 1, sección 1, que estas deben ser “un lugar de encuentro independiente y una arena para discusiones y debates públicos”.
Ahora bien: ¿son compatibles las premisas de la susodicha neutralidad bibliotecaria con este nuevo modelo de relación entre biblioteca y comunidad? Para ello debemos analizar con más detalle el concepto de neutralidad bibliotecaria, cuya definición académica por excelencia es la formulada por David Berninghausen en un artículo de 1972: “La biblioteca debe garantizar la libertad intelectual, y esto solo puede lograrse a través de una estricta neutralidad por parte de los profesionales de la información. Estos no deben asumir posturas políticas ni sociales activas, sino centrarse exclusivamente en proporcionar acceso imparcial a todos los puntos de vista”.
Así pues, los caballos de batalla de la argumentación de Berninghausen son tres: neutralidad, garantía de la libertad intelectual y no adopción de posturas sociales o políticas. Pasemos a examinar uno a uno estos puntos.
A) ¿Deben ser neutrales las bibliotecas?
La neutralidad es un concepto que los filósofos posmodernos, con Jean-François Lyotard a la cabeza, llamarían una metanarrativa, al igual que el progreso, la razón, el arte y todos esos grandes discursos hoy día tan desprestigiados. Con muy buen criterio, Lyotard nos enseña a desconfiar de las metanarrativas: nos las venden como universales, legítimas y necesarias, pero en su interior ocultan relaciones de poder.
Entre las instituciones y la ciudadanía hay una distribución de poder. Uno puede apoyar o rechazar abiertamente esa distribución de poder, pero declararse neutral (esto es, no tomar una posición explícita) también es una opción política. La pretensión de neutralidad viene a significar simplemente que uno no se posiciona sobre la distribución del poder ni sobre sus consecuencias. Eso equivale a aceptar pasivamente la distribución existente. Por eso, la neutralidad es ilusoria: es una opción política y, en ese sentido, inherentemente no neutral.
En las bibliotecas, bajo la excusa de que lo que estamos haciendo es evitar el sesgo o el adoctrinamiento, se argumenta que debemos mantener una posición neutral. Pero esa actitud contribuye a perpetuar una distribución de poder establecida que podría no ser justa. La neutralidad favorece el statu quo: es conservadora, enemiga de la transformación social. La idea de neutralidad, si realmente queremos atender a toda nuestra comunidad y no solo a las élites del conocimiento, puede ser una forma de dominación blanda.
B) ¿La neutralidad garantiza la libertad intelectual?
Se decía que la neutralidad era la única forma de garantizar la libertad intelectual en la biblioteca. Pero la neutralidad es una actitud pasiva, y el ejercicio de la libertad no lo es. Ya lo dice la misma palabra “ejercicio”: la libertad es activa por definición; hay que sudarla, como un deporte de fondo. Decía Paulo Freire que la libertad no es una donación, sino una conquista, que exige una búsqueda permanente.
Por tanto, la libertad de expresión y de acceso a la información debe ser defendida activamente, sobre todo para los grupos excluidos. Esto requiere un compromiso y un posicionamiento ético muy alejados de la neutralidad.
C) ¿La biblioteca debe tomar posturas sociales o políticas?
Por el contrario, para estar a la altura del cambio de paradigma que supone implicar a la biblioteca con su comunidad, los bibliotecarios debemos perder el miedo a la acción política, ya que, queramos o no, el rol del bibliotecario en la sociedad tiene una importante dimensión política. Por desgracia, muchos bibliotecarios suelen renunciar a la naturaleza política de su trabajo y aceptan sin crítica las ideas de profesionalización a través de los principios de objetividad y neutralidad. Son reacios a definir los valores de la biblioteca en términos políticos y a cultivar un sentido de responsabilidad social. Asumen una deriva conformista, acomodada a los poderes políticos y económicos dominantes en la sociedad.
Naomi Klein llamaba al oficio de bibliotecario una “profesión radical”. En un discurso famoso que pronunció en Toronto ante las asociaciones de bibliotecarios de Canadá y Estados Unidos, Klein les arengaba argumentando que la biblioteca pública representa un conjunto de valores radicalmente diferentes a aquellos que actualmente gobiernan el planeta. Estos valores son:
–El conocimiento, como opuesto a la mera recolección de información.
–El espacio público, frente al espacio comercial o privado.
–La acción de compartir, frente a comprar y vender. Las transacciones que se producen en la biblioteca se sustraen a la lógica capitalista del beneficio. Nos preciamos de que nuestros servicios son gratuitos.
Estos valores, como dice Naomi Klein, son radicales: casi podríamos decir antisistema. No hay nada más punk que una biblioteca pública.
En este sentido, podemos decir sin miedo que los bibliotecarios, por imperativo ético, debemos ser activistas: activistas de la alfabetización, del empoderamiento y del cambio social positivo; y activistas, sobre todo, de lo público. La biblioteca pública debe ser palpablemente pública. Esto no tiene tanto que ver con que la financiación sea pública o con que los servicios sean gratuitos, sino con la sensación de que la comunidad realmente es propietaria del espacio, que lo siente como suyo. ¿Y eso cómo se consigue?
– Generando un diálogo ininterrumpido entre la biblioteca y la comunidad a la que sirve.
– Ocupando un lugar en las vidas de la gente que vaya más allá de cualquier servicio ofrecido por el mercado, ajeno a la lógica del consumo.
– Ofreciendo un espacio físico para ciudadanos y ciudadanas de todas las edades, donde puedan debatir los temas que realmente les interesan.
– Gestionando la biblioteca con total transparencia, con apertura y con las decisiones tomadas en común con la comunidad.
Es evidente la relación entre una iniciativa como los laboratorios ciudadanos, marco privilegiado para la participación y la creación de tejido comunitario, y la postura de activismo bibliotecario que estamos defendiendo. Está claro que impulsar la realización de laboratorios ciudadanos es una acción que no surge de la neutralidad predicada por Berninghausen, sino de un compromiso activo con la ciudadanía y con los valores democráticos; no parte de una concepción tradicional de la biblioteca pública como mero sistema de información o sala de estudio glorificada, sino como agente transformador de la sociedad, como una institución cuya vocación es impulsar la justicia social y el empoderamiento ciudadano.
Esta tendencia bibliotecaria por la que estamos apostando está alineada con las demandas de una democracia más participativa.
El modelo democrático hegemónico durante el último siglo ha sido el de una democracia representativa en la que la participación ciudadana se limita al derecho a votar. El sistema garantiza el desarrollo de un proceso electoral libre y justo a través del cual los ciudadanos eligen a representantes que toman decisiones políticas en su nombre. Hasta aquí la participación.
Sin embargo, este modelo ha sido objeto de crecientes críticas en los últimos tiempos. Se ha debilitado la conexión entre la ciudadanía y sus representantes, es decir, las élites políticas. En la práctica, el pueblo resulta no ser tan soberano como dicen las constituciones. Y por eso se ha generado una crisis de confianza en las instituciones, con todos sus síntomas asociados: abstencionismo, desencanto generalizado o surgimiento de movimientos populistas como los que están cobrando fuerza en distintos países.
Frente a esto, una propuesta para refrescar la democracia es abrirla hacia un modelo más participativo: esa Democracia Real Ya que demandaban los manifestantes del 15M en España, o los movimientos populares que surgieron espontáneamente en distintas partes del mundo.
Pero esto no es nuevo. Ya desde hace más de cincuenta años ha habido voces que pedían una democracia más participativa. En Participación y teoría democrática (1970), Carole Pateman sostiene los siguientes puntos:
– Una democracia real requiere algo más que votar periódicamente. La ciudadanía debe tener oportunidades reales y frecuentes para participar directamente en las decisiones políticas y sociales que afectan su vida, particularmente a nivel local y comunitario.
– Una idea central de Pateman es que la participación no solo expresa la voluntad ciudadana, sino que también la forma. Cuanto más participan las personas en la vida política de su comunidad, más desarrollan habilidades cívicas, compromiso político y sentido de responsabilidad colectiva. La participación educa para la ciudadanía. Esto contrasta con la visión liberal, que considera al ciudadano como un ente pasivo que simplemente escoge entre opciones predefinidas.
– Las reivindicaciones de Pateman parten como presupuesto de una confianza en la capacidad ciudadana: de una visión positiva del ser humano como capaz de deliberar, cooperar y actuar responsablemente en la esfera pública. Esto contrasta con teorías políticas elitistas como la de Joseph Schumpeter, que sostiene que la mayoría de la población es apática o incompetente políticamente.
Se puede establecer una relación directa entre los paradigmas bibliotecarios que hemos definido previamente y estas dos visiones políticas.
- El paradigma tecnológico de la biblioteca, que atiende a los procesos por encima de los usuarios, es muy similar a la teoría política de Schumpeter, que entiende la democracia como un método para elegir gobernantes, más que como una manifestación de la participación ciudadana. A Schumpeter lo que le interesa es la excelencia del procedimiento electoral, no que el gobierno sea una representación real y efectiva de la voluntad del pueblo.
- Por contra, la biblioteca postneutral y comprometida, la que se abre como espacio de debate, la que pone al ciudadano en el foco del sistema, se vincula al modelo de Carole Pateman de democracia participativa.
Revisar el papel de las bibliotecas desde una mirada postneutral no es un simple ejercicio teórico, sino una exigencia ética y política. Las bibliotecas públicas pueden y deben posicionarse como espacios de resistencia, encuentro y transformación, alineadas con una democracia que no se agota en el voto, sino que se construye día a día en la participación activa de la ciudadanía. Apostar por bibliotecas comprometidas con su comunidad es, en definitiva, apostar por una sociedad más justa y democrática.